Something too big to ignore

22. Periodista. Melómana.

Dos

El 7 se transformó en un 4.

Las pesadillas pasaron a ser ataques de paranoia despierta. 

No puedo estar en mi casa sola. Siento una presencia, una respiración y un par de ojos que me miran todo el tiempo. Siento que ellos hablaban sobre mí. 

La piel me pica, me salen marcas en la frente y en los brazos. La medicación no me ayuda y no sé como calmar la ansiedad.

Esta noche, tampoco voy a dormir. 

Uno

Me preguntó como me sentía. Apenas hacía 3 horas que me había levantado de la cama, y después de la peor pesadilla de la historia, sentí un alivio, como si al estar en esa habitación me hubiera sacado un peso de encima. Le respondí que estaba bien. Un 7, en una escala del 1 al 10. 

Era mentira.

A veces me arrepiento de todo, y sólo quiero morir un rato.

Creo que ya no puedo hacer nada para llamar tu atención.

La batería se agota y vos no apareciste.

Hablame ahora.

Quiero usarte, como vos hiciste conmigo.

Quiero ser un robot. Quiero tener botones al alcance de mi mano para poder programar mi cerebro y mis sentidos. Es más, quiero dejar de sentir. Quiero ser un artefacto eléctrico y frío, que funcione sólo por electricidad y que tenga un cierto poder de inmunidad frente al ser humano. Todavía no entiendo por qué debería ser valiosa la experiencia del haber sufrido por algo. ¿Pensás que una mala experiencia te va a prevenir de tantas otras por el resto de tu vida? Te equivocaste de mundo. Acá sólo ganan los robots. 

Si te escribo, ¿lo vas a leer?
Si lo leés, ¿me vas a responder?

Prefiero que no me respondas. Prefiero que no lo leas. Prefiero no escribirte, y quedarme con ese “no” en mi cabeza, una vez más. 

Oscuridad

Lo despertó el ruido del piano. Al gato le llamaban la atención las teclas y siempre se las ingeniaba para treparse, rodar con todo su cuerpo sobre cada una de ellas y sacarlo de quicio. Horacio se tomó su tiempo para despegarse de la cama: primero, un largo bostezo estirando cada una de sus partes, y finalmente, un suave movimiento con la cabeza de un lado a otro, para darle una completa elongación a su cuello. En plena oscuridad, buscó con los pies las pantuflas debajo de la cama, manoteó sus anteojos de la mesita de luz, pero no estaban allí. Probó en el cajón y tampoco, seguro los había dejado sobre el sillón del comedor, donde había caído muerto la noche anterior, y cuando se pasó a la cama para dormir más cómodo, se olvidó de llevarlos consigo.

Caminando por ese pasillo que parecía infinito, se dio cuenta que no había luz en toda la casa y se chocó con la mesita ratona del living, atestada con botellas de Malbec, ceniceros repletos de colillas y los discos desparramados de Coltrane, Mile Davis y Charlie Parker. La reunión del día anterior lo había dejado con resaca y un poco de acidez, pero tenía que levantarse y trabajar en sus partituras, no podía quedarse durmiendo todo el día. Esta era su oportunidad perfecta para demostrarle a Emilia que podía ser constante, disfrutar sus ratos libres bebiendo con amigos y a la vez mantener un trabajo con semejante prestigio como el de la orquesta de jazz.   

Una vez en la cocina, buscó velas por todas partes, pero no lograba encontrarlas porque todo seguía en plena oscuridad. No entendía cómo a las seis de la mañana el cielo seguía negro y ni un mínimo reflejo de luz entraba en la casa. Salió disparado hacia la puerta. Le costó encontrar la llave y meterla en la cerradura. Apenas la abrió, lo invadió una helada brisa matutina seguida de una sensación de angustia y desesperación. Sintió que entraba en pánico.

Las lágrimas caían lentamente por sus mejillas y el aire olía al pasto mojado de la plaza de enfrente.

Se sacó sus anteojos y los tiró al piso. No los volvería a usar jamás. 

Mi vida sentimental se resume a esta película, repetida una y otra vez.